Recuerdos

Me encantan las historias. Entre los recuerdos más preciados de mi niñez está la imagen de una niña de ojos verdes, despeinada y preguntona sentada al lado de su abuelo escuchando con atención apasionantes relatos. Esa era yo. Y si cierro los ojos puedo trasladarme con facilidad a aquel árbol de flamboyán de inmensa sombra, ubicado en el patio de la humilde vivienda de mis parientes paternos, en La Vega. Era un lugar tan paradisíaco que parecía extraído de cualquier capítulo descriptivo del “Jardín del Edén”, y donde pasaba horas escuchando aquellas narraciones; unas ciertas, otras producto de la imaginación de mi abuelo motivado por llenar de fantasía mi infancia.

Los mejores recuerdos de esa época están ahí, en el contexto de esas esperadas vacaciones de verano que no cambiaba por nada. No recuerdo que vestido llevaba puesto, ni que había almorzado ese día, ni siquiera logro registrar el color de las cortinas de la casa. Mis recuerdos están basados en emociones.

Solo logro revivir la sensación gratificante de sentirme amada y segura en los brazos de mi abuelo.

Me palpita el corazón de tan solo intentar rememorar esos años en que lo único que me preocupaba era saber cuántos días quedaban para seguir disfrutando de las vacaciones.

Los años fueron pasando y mi vida se fue rebosando de hermosos momentos que mis padres, quizá sin proponérselo, habían diseñado.

Hoy que la niña ha quedado atrás puedo comprender la importancia de hacer de nuestra vida una experiencia memorable. Construir en el presente un pasado digno de recordar y de contar. Es importante definir nuestras prioridades y hacer un plan de vida que se circunscriba realmente a lo trascendental.

A esos momentos que nos llenan de gozo y satisfacción.

Para cada uno por separado la felicidad tiene un significado distinto: asumir retos laborales, compartir con los amigos, reír con la pareja, dedicar tiempo a los hijos, estar a solas consigo mismo… no importa cuál sea ese instante que te llene de brillo los ojos, es de sabios aprovecharlo, vivirlo, disfrutarlo y construir el escenario para recordarlo.

Los días pasan rápido y la rutina tiene el poder de desenfocarnos y robar la esencia de lo que nos motiva y hace felices. Empecemos a tomar el control, a vivir el papel protagonista de nuestra vida, a confeccionar una lista de esos momentos que quisiéramos recordar, o que nuestros seres queridos recuerden.

Son las pequeñas cosas las que hacen la gran diferencia. No es el restaurante sofisticado que vas a recordar, es lo que sentiste con la persona que te acompañaba. A las pocas semanas ya no registras la decoración de la fiesta, recuerdas lo mucho que te divertiste.

No recuerdas el color ni la marca de la ropa que tenía tu pareja, la memoria registra esa frase que dijo, y que logró hacerte sentir frío en el estómago y acelerar el corazón.

No son las cosas, son los momentos los que nos llenan la vida de recuerdos. Empecemos a trabajar para que al final de nuestros días, cuando ya estemos tan viejitos como estaba mi abuelo, podamos contar lindas y reales historias y decir a nuestros nietos que la vida no tiene por qué valer la pena, si puede valer la alegría.

¡Hasta el lunes!

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