No rompas el silencio

Era uno de esos días en que tienes la ligera sospecha de que a todos en la ciudad se le ocurrió la misma idea: ir a la hora de almuerzo al banco. La fila era una verdadera prueba de paciencia y el tiempo, que a nadie espera, consumía cada segundo de mi ajetreado día.

Repasé las redes sociales con el celular y sostuve conversaciones por chat mientras mi turno se acercaba. Hasta que decidí observar a las personas que estaban a mí alrededor y detuve la mirada, con cierto dejo de tristeza, en una joven señora parada algunos lugares antes que yo, y que traía su cabeza al descubierto, sin cabellos. Su apariencia física me indicaba que estaba en proceso de quimioterapia.

No la percibí triste, ni amargada, al contrario vi como comentaba sobre el retraso de la fila y dejaba escapar algunas carcajadas. Su rostro no carecía de feminidad, estaba impecablemente maquillada y con unos aretes de colores que le colgaban hasta el cuello.

No puede evitar observarla de vez en cuando, así que cuando llegó a la caja yo estaba pendiente de su conversación: ¡Buenas tardes! Dijo el cajero, saludo que ella respondió con una amplia sonrisa. La recuerdo, añadió el gentil joven, usted estuvo ayer aquí. ¡Sí, así es! Me imagino que me recuerda porque habrá visto pocas mujeres calvas por aquí, dijo la señora con jocosidad.

Me quedé pendiente de lo que diría el joven y mi corazón se estremeció al escuchar cuando expresó: “se equivoca señora, la recuerdo por su hermosa y radiante sonrisa que es capaz de robar toda la atención, si no lo menciona no me percato de que no tiene cabellos”.

Cierto o no, este joven fue capaz de alegrarle la tarde a esta señora, y por supuesto a todos los que escuchamos la conversación, no pude evitar felicitarlo al llegar mi turno. No solo por su amabilidad, sino por el inmenso gesto de solidaridad emocional que había realizado, yendo más allá de un excelente servicio al cliente. Recordé el proverbio hindú que reza “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Cuántas veces rompemos el silencio para herir, para maltratar, para ofender, en vez de romperlo para alegrar, para sanar, para sumar.

Las palabras tienen un inmenso poder para quien las dice y para quien las recibe, por eso a veces la opción más inteligente es quedarnos en silencio. Somos libres para elegir utilizar esta fuerza constructiva con palabras de aliento, o destructiva utilizando palabras negativas.

No es cierto que las palabras se las lleve el viento. Las palabras dejan huella e influyen positiva o negativamente. Tienen la habilidad de ayudar, pero también de humillar. De las palabras depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Puedes cambiar de opinión después de decir cualquier cosa, pero jamás podrás enmendar el daño que causaste con las palabras que salieron de tu boca.

Para hablar, como para vivir, hay que cultivar nuestro interior, porque al final solo podemos hablar de paz y la llevamos dentro, solo podemos ofrecer felicidad si somos felices. Ya lo he comprobado, las palabras suelen ser el reflejo de quien las dice.

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