Con gran cariño y admiración

Empecé a conocer de su trabajo profesional y a admirarla siendo muy joven. Cuando para mí era solo un sueño imaginar que tendría la oportunidad de poder tratarla, compartir con ella y aprender de primera mano alguna de sus herramientas de redacción periodística.

En aquel entonces yo estudiaba en el Instituto Nacional de Periodismo y nuestro maestro, Salvador Pittaluga Nivar, utilizaba sus escritos de viajes en el LISTÍN DIARIO para citar ejemplos de una excelente y bien llevada redacción periodística.

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Por dos años consecutivos su nombre fue para mí referente de un “buen periodismo”. En las clases debatíamos sus columnas, estudiábamos sus párrafos, y como tarea siempre debíamos presentar un recorte de sus publicaciones.

El destino se encargó de acercarnos cuando empecé a trabajar en esta empresa. Un día sin proponérmelo estuve frente a ella y no pude ocultar mi sorpresa. Más aún al confirmar que era una dama amable, simpática, dulce y encantadora, tal cual la imaginábamos en el aula.

No conforme con esta bendición, años más tarde Dios me dio el privilegio de compartir junto a ella en las secciones de la Hora del Té, en las cuales tuve la oportunidad de aprender técnicas que jamás en ningún centro educativo estarán disponibles.

En las primeras publicaciones recibí varias llamadas de aquellos compañeros de entonces, para felicitarme al ver que estaba a su lado y que, en algunas ocasiones, compartíamos firmas, más que un privilegio, un honor para mí.

Su oficina y la mía están frente a frente, así que como “buenas vecinas” hemos hablado de todo. De los hijos, de los viajes, del trabajo… y en cada conversación me quedo más complacida y admirada de sus dotes de profesional y ser humano.

No desperdicia ningún encuentro para orientarme. Me dio su voto de confianza cuando se enteró de que yo ocuparía la posición de editora de esta sección, en la que ella extraordinariamente se desempeñó y de cuyo fortalecimiento fue parte importante.

Hace unos días tuve la oportunidad de ser parte de un momento muy especial en su vida, la puesta en circulación de su libro “Retazos de una vida”.

No me sorprendió que el salón Aída Cartagena Portalatín de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña estuviera a toda capacidad. Decenas de personas nos hicimos cómplices de esa noche. Y no es para menos, han sido innumerables los profesionales que han podido nutrirse de su experiencia, y son más los que le profesan estima.

Tampoco me sorprende que ella haya decidido donar los fondos de la obra al programa Canillitas con Don Bosco, entidad a la que apoya incondicionalmente, porque conozco de su inmensa solidaridad y vocación de servicio.

Ella ya lo sabe, pero me place volver a repetirlo: ¡Toda mi admiración, respeto y cariño para usted doña Carmenchu Brusíloff, y mis sinceros deseos de éxito en este hermoso proyecto!

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