Con las manos arrugadas

Envejecer es una etapa más de la vida. Un ciclo que no tiene por qué ser relacionado con la soledad y la tristeza.

Si bien es cierto que el envejecimiento está asociado a diversas experiencias que conllevan pérdida, por ejemplo, de las capacidades físicas o mentales, las habilidades, la salud, la fuerza, la belleza, los seres queridos, la función sexual y hasta la vida misma, también es cierto que podemos construir en el presente una vejez plena y diferente.

Generalmente tanto en hombres como en mujeres existe una marcada resistencia a envejecer, lo que nos lleva a “esconder” la edad como un preciado tesoro, cuando lo importante no son los años, sino la actitud ante la vida, las ganas de vivir y hacer cosas nuevas. Hemos sido educados en la cultura del culto a la imagen que potencia el concepto de la eterna juventud. Pero negar la evidencia del envejecimiento mediante el “autoengaño” sólo complica las cosas.

Algunos temen al envejecimiento porque lo perciben como el preámbulo de la muerte. Otros, tienen miedo a envejecer por las implicaciones financieras que acarrea la jubilación. Pero la gran mayoría de las personas a lo que teme en realidad es a la soledad. A sentirse abandonadas por sus hijos, desprotegidos y hasta mal queridos.

Saber envejecer no es una destreza, es un arte. Claro que el paso de los años deja huellas irreversibles, pero, felizmente, no nos reducimos a eso. “Mientras el yo externo se desmorona, nuestro hombre interior se renueva día tras día”, escribió San Pablo. La vejez nos da la oportunidad de experimentarlo y de hacerlo realidad. Envejecer es un proceso de aceptación del yo interior que incluye el cultivo de la vida espiritual desarrollando nuevos hábitos como la serenidad, el desprendimiento y capacidad contemplativa.

En vez de preocuparnos por los años ya vividos, vamos a aprovechar ese tiempo para disfrutar de los que nos faltan por vivir, del hecho mismo de respirar y de las miles de bendiciones que a diario Dios nos regala: la belleza de la naturaleza, la compañía de los seres queridos y el descubrimiento del valor de la vida.

Envejecer es inevitable. Prepararnos para esta etapa es una sabia decisión. Dedicar tiempo para compartir, cuidar y demostrar afecto y respeto a nuestros “viejos” es una deuda de amor. Porque no olvidemos que en su momento fueron ellos quienes nos cuidaban, protegían y guiaban, siendo nuestra vida la prioridad de la suya.

Nunca lo había pensado, pero ya sé cómo me gustaría envejecer. Quiero mis manos arrugadas, excesivamente arrugadas de tanto abrazar a mis hijos y a las personas que amo, arrugadas de tanto servir a quienes me necesiten, arrugadas de bailar, de disfrutar en la playa, de agarrar libros, de orar, de escribir… Quiero que cada arruga sea testigo de un momento memorable digno de recordar.


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