Una buena lección

lessons-learnedSolo tiene nueve años, pero a veces pienso que ha llegado a este mundo con una clara misión de enseñarme a vivir.

Cada día aprendo de él cosas nuevas, y cuando sabe que está en lo cierto defiende su punto de vista con empíricos y sabios dotes de persuasión.

Ese es mi hijo Oliver, a quien, desde hace varios años, en el período de vacaciones, lo inscribimos en un campamento deportivo con la intención de que el esfuerzo físico contribuya al control de su peso.

Por años parecía no darle importancia al hecho de que al final de cada ciclo los niños más destacados, en alguna disciplina, recibían medallas en un bonito acto planificado para estos fines, y en el cual participan también los padres y hermanos de los “aspirantes a atletas”.

Para él esta actividad era solo un encuentro más para compartir y divertirse con sus amigos. Al menos, era lo que su padre y yo percibíamos, sin dar motivos a ningún tipo de preocupación. Este verano no ha sido así. A los pocos días de haber iniciado las prácticas deportivas, me hizo referencia, con cierto dejo de tristeza, de que no lograba encestar una pelota en el canasto de básquetbol, que llegaba en el último lugar en las carreras y que en los torneos de esgrima siempre salía derrotado.

Traté de animarlo, explicándole que no todos los niños eran buenos deportistas y que lo más importante era que estaba aprendiendo cosas nuevas. Que tratara de divertirse y seguir intentando con otros deportes.

Una semana más tarde, me dijo entusiasmado que habían realizado varios torneos de ajedrez y que uno de sus compañeros siempre llevaba la delantera, así que había decidido jugar con él, aunque perdiera, para aprender cómo su amigo hacia los movimientos con las piezas de ajedrez.

¡Uff, qué inteligente decisión para ser un niño! Advertí que en su pequeño mundo él había entendido que sería más beneficioso si en vez de correr lejos de su “rival”, trataba de enfrentarlo y utilizar su debilidad como un reto para motivarse y aprender.

¿Qué tal si hacemos lo mismo? En vez de enfocarnos en criticar y querer opacar la labor de otros, a quienes consideramos “rivales profesionales”, comencemos a reconocer y valorar el talento de los demás y, por qué no, a aprender de esa persona.

Ya lo he escrito antes, la naturaleza no mutila; todos tenemos un talento que nos hace únicos y especiales. Eso hizo Oliver. Encontró su talento para desarrollar estrategias en el juego de ajedrez, comenzó a practicar duro con constancia y disciplina, y fue perfeccionando poco a poco a medida que avanzaron los días.

El campamento de verano ha terminado, pero para mi orgullo y satisfacción, en el acto de cierre, Oliver recibió una medalla por su buen desempeño y agilidad demostrada en el tablero de ajedrez. Lo que también implica para mí una buena lección. Rodearte de personas positivas, preparadas y enfocadas, que desempeñen su trabajo con compromiso y calidad no es una amenaza; es un reto para perfeccionar cada día, y una maravillosa plataforma para crear nuevas oportunidades de desarrollar tu talento.

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