Ella ya me olvidó

Mi madre y mis tías son excelentes cocineras. Heredaron de mi abuela este arte de combinar sazones y sabores para convertir cualquier mezcla de ingredientes en un platillo exquisito.

De niña adoraba comer de la cocina de mi abuela materna, a quien llamo ‘Mamá Mimina’, que además de preparar ricas recetas me consentía y apoyaba. Las visitas a su casa eran muy seguidas, porque además tuve el privilegio de tenerla en la ciudad.abue

Desde que tengo uso de la razón la recuerdo como una abuela ejemplar. Ordenada, siempre sonriente, y preocupada hasta por el más mínimo detalle de la casa y de las necesidades de mi abuelo. De menuda estatura, conversadora, una mujer sencilla, de pueblo, con arraigados valores morales, con quien aprendí a valorar la familia y a fomentar el espíritu de unidad.

Fruto de su matrimonio nacieron ocho hijos, así que en las festividades del Día de las Madres y de Navidad, entre nietos, primos y sobrinos volteábamos la casa sin recibir nada más que un dulce llamado de atención.

Hace algunos años el tiempo le ha empezado a hacer una mala jugada. La vejez, que nos va arrebatando la vida, se ha ido quedando con su memoria. Al principio empezó a olvidar los nombres y a no recordar el lugar donde había colocado algunas cosas. Pero la molestia se ha ido agudizando. Ya no reconoce su casa, ni a quien ha sido su esposo y compañero por más de 50 años, sus hijos, ni sus nietos…

Es difícil describir este sentimiento con criterios objetivos. Llegar aquella casa, la misma que por décadas he visitado, y sentirme extraña. Ella sale a recibirme, saluda y me pregunta quién soy, a quién busco, o a dónde voy.

Hace unos días tuve la oportunidad de ver un video que presentaba un abuelo viudo que se sentía abandonado porque sus familiares no lo visitaban, fingió su muerte y mandó un aviso para todos. Cuando fueron a su domicilio se encontraron con una hermosa mesa preparada para compartir la cena, y un abuelo feliz que les advertía que no esperaran su muerte para ir a visitarlo.

Me hizo reflexionar sobre la cantidad de veces que nos dejamos envolver en el trabajo diario y no sacamos tiempo de calidad para quienes amamos. No necesito que mi abuela me reconozca para ir a verla. Basta con que tenga fresca en mi memoria las miles de veces que me dormí en su regazo y todos los momentos divertidos que de niña pase a su lado.

Mamá Mimina no podrá leer estas líneas, menos entenderlas, o recordar quién las escribió. Pero no por eso dejaré de compartirlas. En mi memoria y corazón están registrados millones de trozos del amor que incondicionalmente siempre me brindó. Haciendo provecho de la Navidad, época en la que tenemos permiso para pedir un deseo, el mío queda en la voluntad divina de una larga vida para mi abuela que me permita recompensar, aunque sea un poco, toda su entrega y amor.


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