Hablemos de humildad

Ella es la combinación perfecta entre la preparación profesional, la juventud y la apariencia física. ¡Y lo sabe! Sus atinadas participaciones en las reuniones de trabajo dan evidencia de eso. Está consciente de que dentro del grupo lleva una gran ventaja, esa que solo la experiencia es capaz de dar.

Pero como todo ser humano tiene sus debilidades, esas que se compensan
trabajando en equipo y reconociendo que cada uno tiene algo importante que aportar. Sin embargo vive en su mundo. Un espacio que ha creado solo para ella, en el que la perfección que supone poseer se ha hecho protagonista y ha dejado de pensar que está rodeada de otras personas, y ha perdido la capacidad de restar importancia a los propios logros y virtudes para reconocer sus defectos y errores. Piensa que no necesita de nadie. ¿Para qué? Si lo tiene todo a sus pies. Humildad es lo que le falta. Esa virtud escasa que consiste en reconocer nuestras habilidades sin vanagloriarnos por ellas. Una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta ni se siente autosuficiente.

La humildad debería ser un valor que todos anhelemos, pero en una sociedad como la actual, suele ser un bien escaso.

Ser humildes nos permitirá ser más comprensivos y por tanto mejores seres humanos.

A menudo suelo compartir con personas que, al leer su currículo me despierta el interés de conocerle, pero cuando llega la oportunidad, desafortunadamente compruebo que no harían ni el más mínimo esfuerzo por dejar un recuerdo positivo. Sencillamente no les interesa. Cuando una persona hace gala de humildad no pasa desapercibida. Para ser modestos no basta con evitar la ostentación de los éxitos propios, es necesario realizar otras prácticas de forma habitual.

Una de ellas podría ser la de escuchar a los semejantes de forma respetuosa sin interrumpir.

Parece sencillo, pero no lo es. Quien carece de humildad siempre entenderá que lo realmente importante es lo propio, no lo ajeno. Admitir los propios errores, especialmente si han causado algún perjuicio a una tercera persona, es otra acción indispensable para ser más humildes, así como pedir disculpas cuando sea necesario.

Ser humildes tiene que ver con ser educados. A muchos les cuesta saludar porque piensan que los demás no son merecedores de ese gesto. Ser humildes es ser agradecidos y valorar el tiempo de los demás tanto como se valora el suyo.

Siento tristeza por quienes alardean sobre sus logros sin dar tiempo a que otros los reconozcan. No me refiero a no aprender a reconocer lo mucho que valemos, hablo intentar anular el prójimo para sobresalir. Ojalá algún día los seres humanos aprendamos a escuchar el doble de lo que hablamos, por algo tenemos dos orejas y una sola boca, reza un refrán popular.

El hombre más grande conocido en la tierra, fue también el más humilde: Jesús. Pero a muchos se nos olvida.

 


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