Madre de varones, toda una aventura

A nadie le queda duda de que tener un hijo es la mayor de las bendiciones que puede recibir una mujer. Ser madre, por elección o por naturaleza, es entender la esencia del verdadero amor, ese que no tiene reservas, que se entrega sin medidas y que no espera recompensas.children wearing sunglasses on a white background

Con los hijos llegan muchas satisfacciones, pero también un sinnúmero de responsabilidades. Las prioridades cambian y la maternidad tiene el poder de convertirnos en guerreras de amor para velar por el bienestar de ellos desde antes de nacer, labor que seguirá ejerciéndose con amor y entrega hasta que llegue nuestro último suspiro.

No tuve hermanos, en mi casa todas éramos niñas, de manera que las acciones propias de la feminidad eran algo natural y constante a mí alrededor. En mi pequeño mundo, cuando se hablaba de príncipes y princesas yo relacionaba mi ‘familia perfecta’ con una prole compuesta por niños y niñas. Pero Dios tenía otros planes y mi primer hijo fue varón, y el segundo… y junto a este llegaron tres varones más, hijos de mi esposo… Cinco en total, de todas las edades, intereses y colores, capaces de enloquecer a la más ecuánime de las madres. Y es que las familias compuestas son el mejor reto para probar los niveles de paciencia, amor y sabiduría.

Tal vez sería más fácil ser madre si los niños incluyeran un manual con ejemplos y consejos sobre qué hacer en los momentos más difíciles. Sin embargo, tal solución no existe y somos nosotras quienes debemos enfrentarnos día a día a criar con el método prueba y error. Puedo afirmarlo con propiedad, ser madre de varones es una labor estresante. Te preocupas por no comprarles pistolas para no fomentar la violencia, pero ellos te reclaman porque no les permites ‘aprender a salvar el mundo’. Atrás queda el deseo de jugar muñecas sentada en el sofá, los varones quieren correr, saltar y montar bicicleta hasta el agotamiento. Tiemblas cuando aprenden a manejar, se te enfría el alma cuando los ves levantando pesas en el gimnasio, te conviertes en su promotora para ayudarles a encontrar el primer trabajo, tienes que hablarles de sexo y sus consecuencias con claridad y valentía, aunque te tiemblen los labios, y de vez en cuando, hacer la labor de una investigadora privada para conocer el origen de sus amigos.

Un escenario agotador y sigo pensando que educar a varones es en verdad más que una aventura, un arte. Tienes la responsabilidad de que crezcan para ser buenos ciudadanos, esposos y padres. Enseñarles que tienen derecho y permiso para llorar, motivarlos para que muestren afecto, darles apoyo, pero también disciplina, y facilitar la oportunidad de que se involucren con las labores en la casa. Lo importante es que, aunque sean varones, entiendan nunca serán suficientemente grandes y fuertes para  sentarse en el regazo de mamá y escuchar lo mucho que los amamos.


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