¡A todos nos toca!

Como cualquier niña alguna vez soñé con ser princesa y pasearme feliz por los pasillos de un hermoso castillo de la mano de un príncipe azul. En mi inocente pensamiento, la vida de la realeza estaba blindada contra las lágrimas y el dolor.

Pensaba que a una princesa solo podían ocurrirle cosas buenas. Con los años mi percepción de ese mundo mágico perdió importancia. Me fui involucrando en “la vida real” y poco me importaban las noticias sobre la nobleza. Pero el bombardeo de informaciones internacionales y mi trabajo en los medios de comunicación de alguna manera mantuvieron viva la curiosidad de “estar al tanto” de la vida de reyes y princesas. Hace algunas semanas, investigando para la edición especial publicada en la sección que me honra editar, con motivo del 60 cumpleaños de Carolina de Mónaco, hice un profundo recorrido por su infancia y juventud hasta llegar a la época dorada que hoy disfruta. Mientras más información encontraba, más aprendía a admirarla. Vivió una polémica adolescencia asediada por la prensa debido al interés que generaba su vida privada. Desde su boda y posterior divorcio de Philippe Junot, la muerte de su segundo marido y padre de sus tres hijos mayores, Stéfano Casiraghi, o su separación de Ernesto de Hannover, con quien también tuvo una hija. Llegó a declarar que siendo muy joven estaba convencida de que todos la odiaban. Al día de hoy reconoce, con cierto alivio, que el interés por su persona se ha reducido. Sus lágrimas han sido muchas, la “eterna princesa” ha sufrido duros momentos de dolor, más de los que alguna vez pude leer en una que otra publicación internacional. Se enamoró y no funcionó, y de seguro cada separación trajo consigo una huella en su corazón.

Se equivocó tantas veces que se convirtió en protagonista de grandes escándalos. Sus fotografías, con cada romance, dieron la vuelta al mundo. Le negamos el derecho de llorar sus rupturas amorosas o la pérdida de sus seres queridos, porque erradamente pensamos que las princesas solo podían ser felices. Siempre tuvo el valor de volver a intentarlo. Una y otra vez se dio la oportunidad de encontrar el hombre que le acompañaría durante su madurez, y cuando por fin cree toparse con el amor de su vida, la muerte se lo arrebata en un trágico accidente. Carolina es una mujer valiente. A pesar de los vaivenes de la vida nunca se ha dado por vencida. Como cualquiera de nosotros ella también ha amado, reído, sufrido y ha llorado desesperada. A pesar de sus aires de realeza conoce la soledad. Admiro en ella que siempre se ha dado a sí misma el permiso para ser feliz. Tiene 60 años y si bien es cierto que ha vivido como una princesa, no ha sido de cuentos de hadas.

Inigualablemente bella, Carolina, finalmente, y después de tantos amores, al parecer ha encontrado la verdadera felicidad. Esa que todos llevamos dentro. De tanto leer sobre su vida tengo la sensación de haberla conocido de antaño, así que me alegra saber que disfruta, junto a quienes ama y la aman, esta etapa de su vida.


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