A muchas expectativas…

A lo largo de la vida, todos, en algún momento excedemos nuestras expectativas con respecto a algo o a alguien en particular: al trabajo, al resultado de la dieta, a la familia, a los hijos, a la pareja, a los amigos… y terminamos decepcionados, inconscientemente culpando alguna circunstancia, a nosotros mismos o a las demás personas, como si tuvieran la obligación de ser como imaginamos que serian.

“A muchas expectativas, mayores las decepciones”, reza un refrán popular. Así que una de las formas más eficaces de mantener el equilibrio emocional es administrar nuestras expectativas. Aquí entra en juego una cualidad indispensable para la tranquilidad, se llama flexibilidad. Las personas flexibles son capaces de adaptarse a diferentes situaciones lo que les evita grandes malestares.

Ser flexibles no es una debilidad, por el contrario es una gran virtud que conlleva mantener una actitud abierta a nuevas oportunidades, a evolucionar y experimentar. Es estar dispuestos a adaptarnos a las situaciones sin pensar en antiguos esquemas adquiridos en nuestra trayectoria de aprendizaje. Los grandes líderes son precisamente grandes porque desarrollan la destreza de tratar con sucesos inesperados sin decepcionarse o ponerse a la defensiva. Procuran mantener el buen humor y ser positivos, incluso durante una situación complicada. No tienen la habilidad mágica de controlar todo lo que sucede, pero si la inteligencia emocional para reaccionar asertivamente ante los acontecimientos.

La ciencia misma ha confirmado que las especies que logran adaptarse sobreviven. Esto aplica a nuestra vida, al ser flexibles seremos emocionalmente más estables, aprenderemos a escuchar y a observar con atención para tomar lo mejor de cada situación y desechar lo que no es conveniente.

Las mujeres somos especialistas en crearnos expectativas poco realistas y luego nos damos cuenta de que la vida no es un guión en el que todos tienen que hacer exactamente lo que imaginamos, no somos el centro del mundo, y obviamente, las cosas no tienen que salir siempre como lo planeamos. A partir del momento en el que comenzamos a entender este concepto empezamos a liberarnos y a ser más felices.

Por mucho tiempo construí una idea rígida en la mente de cómo debería ser mi vida, y me perdí la oportunidad de conocer muchas cosas por deducir que no formaban parte de aquel “plan perfecto”. Crear expectativa es algo natural, pero cuando la ansiedad comienza a arruinar significativamente los momentos hay que detenerse y reflexionar. Equivocarse también tiene su lado positivo porque asimilas que no todo resultado depende exclusivamente de ti, haces tú parte, pero no puedes garantizar el resultado.  La clave está en concentrarnos en lo que sí se puede controlar.

Aprendí que la vida no puede ser una carrera de obstáculos a superar cada día, a dormir tranquila aunque la agenda estuviera llena de pendientes, a no autocastigarme ante cualquier error, a tomar un tiempo antes de responder un mensaje molesto, a pensar que los que me rodean no tienen por qué ser perfectos, a escuchar mi instinto y a dejar que la vida fluya a su ritmo…


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