La bendición de tener un hijo sordo

En las páginas de las Sociales, que regularmente dedicamos a la publicación del encuentro La Hora del Té de LISTÍN DIARIO, se da a conocer la loable labor de las instituciones que trabajan con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas.

El más reciente encuentro fue con María Jesús Pérez de Mansfield, presidenta del Instituto de Ayuda al Sordo Santa Rosa y parte de su equipo. La entidad sin fines de lucro, desde hace 45 años, se dedica a promover los cambios culturales requeridos para que la ciudadanía cree consciencia, desarrolle sentimientos solidarios y supere la discriminación contra las personas con discapacidad auditiva.

El día de la publicación, que estaba bajo mi firma, recibí una llamada que marcó un antes y un después en las horas de ese día. Una madre, a quien agradezco la confianza de compartir su testimonio, me abordó por teléfono con un dulce saludo y una profunda pregunta: ¿usted sabe qué se siente tener un hijo sordo? Respiré profundo y solo atiné a responder que no.

Ella me contó que la madre de su esposo es sorda y sus dos hijos heredaron la discapacidad auditiva, por lo que se comunican a través del lenguaje de señas, una herramienta que aprendió en el Instituto de Ayuda al Sordo. Cuando conoció su pareja se enamoró de todo lo que él simbolizaba: valentía, responsabilidad, honestidad y pasión, y no dudó en ser su esposa. Quedó embarazada, y aunque estaba segura de que su hijo tenía grandes probabilidades de ser sordo, deseaba vivir la maternidad al lado del hombre que ama.

Su esposo tiene un negocio y sus hijos, que se han preparado profesionalmente, son parte esencial en el desarrollo y sostenimiento de la empresa familiar. Ella ha luchado cada día para integrarlos a la sociedad, los alfabetizó en la casa y los ha apoyado en cada proyecto. Me pareció hermosa y valiente su historia, pero además inspiradora.

Ella es, en si misma, testigo y propulsora de la integración. Cuando una pareja cualquiera se plantea tener un hijo, las preocupaciones y los miedos son naturales. Pero cuando además, está el temor adicional de que podría ser sordo, es inevitable de que la duda, de si seguir o detenerte, te invada. Ella decidió avanzar y demostrar que la discapacidad auditiva no es una limitante para construir en valores un hogar.

Me entusiasmó con su relato y la sentí orgullosa cuando contaba todas las cosas que han logrado sus hijos. Me dijo que decidió enfocarse en lo que ellos sí podían hacer y dejaba que su padre le enseñara algunas cosas para ella mostrarle otras, pero que en esencia era más lo que había aprendido, que lo que había enseñado. Con sus hijos aprendió a escuchar, a mirar a los ojos, a no andar de prisa, a solo usar su boca para bendecir… aprendió el valor del silencio, y el valor de una palabra, a ser agradecida de cada momento y de cada parte de su cuerpo, aprendió a amar.

Es voluntaria de un programa que brinda apoyo en la iglesia a familias que reciben la noticia de un diagnóstico de sordera. Esta historia, perfecta para iniciar la Navidad, me llena de esperanza porque es una muestra de que el amor todo lo puede, y yo, creo en eso.

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