¡Duarte era de carne y hueso!

Confieso que la historia no era una de mis asignaturas favoritas en el colegio, de hecho, si mal no recuerdo, repetí una vez el examen final porque nunca lograba asociar las fechas a los acontecimientos.  Por muchos años pensé que el pasado era solo el pasado. Hoy entiendo que llegar a esa conclusión tan a la ligera, solo reafirma que la ignorancia es atrevida.

La historia nos ayuda a entender mejor los procesos sociales, despierta y cultiva la curiosidad, y nos acerca a realidades complejas del ser humano. Conocer, no sólo la historia propia si no la historia de otras sociedades contribuye a nuestro crecimiento como personas capaces de organizar la información para seguir construyendo una nueva realidad. Pero me costó muchos años aprender a identificar este valor, quizá porque nunca me tropecé con una maestra como María Teresa Ruiz de Catrain. Ella es una mujer apasionada de la historia dominicana, describe con una pasión inigualable los hechos que nos han forjado como nación.

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Escucharla hablar de cualquier tema, en especial del patricio Juan Pablo Duarte, es un deleite. “Amo intensamente esta patria que aún lucha por asentar y respetar la dominicanidad creada por Juan Pablo Duarte y Diez”, me comentó en una entrevista, dejando evidencia del orgullo que siente por su nacionalidad.

Lo interesante de las narraciones de María Teresa, es que ella aborda la parte humana de los protagonistas de la historia. Con ella aprendí que a pesar de ser un joven inquieto, el Padre de la Patria también saboreó la ilusión de estar enamorado. “El amor tocó a su puerta, más, como todo mártir, los deleites de la vida, la pareja y matrimonio, les fueron negados”, sostiene la escritora.

Según el libro “Así era Duarte”, de la autoría de Ángela Peña, la primera relación formal la sostuvo a los 23 años con María Antonia Bobadilla. Prudencia Lluberes fue su segunda novia, con quien llegó a formalizar una relación que se vio interrumpida debido a su destierro y posterior padecimiento de tuberculosis. Se habla también de un romance platónico que tuvo en Venezuela.

 “Todos los historiadores coincidimos en que Duarte era un hombre afable, amigo de las tertulias y de la música. Estudió y se refugió en sus momentos de soledad y frustración en la flauta y la guitarra”, dice Catrain.

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Duarte, además, practicaba esgrima, y se dedicó a enseñar este deporte al regresar de sus estudios fuera del país. “No existen dudas de que Duarte fue un hombre digno. Conocedor de que el arte, sobre todo el del teatro y la palabra, es un vehículo ideal para llegar al alma y a la mente de los pueblos, creó la Dramática y la Filantrópica, sociedades que, basadas en textos que exaltan la libertad, sembraban el amor y deseo por la separación e independencia”, enuncia Catrain.

 “La traición hizo que se ausentara de su tierra, pero ese germen de moral y patriotismo que desde temprana edad habitó en su alma, cargó, encendió y disparó el trabuco de Mella y aquel memorable 27 de Febrero de 1844, al grito de ¡Separación!, y luego de innumerables batallas nacía la República Dominicana, geografía y esencia de la idea del hombre más grande nacido en esta tierra”, explica con emoción Catrain dejando claras las importantes razones que tenemos para mantener vivo el legado de Juan Pablo Duarte.

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