Otra historia de la madrastra

España y el mundo se han consternado ante la trágica noticia de que una mujer ha sido capaz de quitarle la vida a un niño de ocho años hijo de su pareja. El pequeño Gabriel Cruz desapareció tras salir de casa de su abuela para dirigirse a la de unos familiares, situada a escasos metros, pero nunca llegó. La confesa asesina es Ana Julia Quezada, para vergüenza, dominicana.

Ana Julia brindó declaraciones a los medios expresando su deseo de que el pequeño fuera hallado sano y salvo durante la angustiosa búsqueda. La compañera del padre desesperado de Gabriel, vestía una camiseta con la imagen del pequeño y lucia angustiada y perturbada.

Al ser detenida, declaró que el niño la había ‘agredido’ y ella respondió con un fuerte golpe con un hacha… El motivo real, aún desconocido, dudo mucho que sean los celos. Lo cierto es que este caso ha logrado empeorar la imagen que ya muchos tienen de una madrastra.

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Cuánta miseria debe tener el corazón de esta mujer para ser autora de un hecho tan horrible y abrazar al ‘hombre que ama’ sabiendo que le había destruido parte de su vida. Cada día estoy más convencida de que es temible el ser humano en sus miserables actitudes. Este caso no solo se trata del odio que al parecer corre en sus entrañas. O de cuanto resentimiento tenia alojado en su alma para estallar en una acción destructiva en contra de un inocente niño. Se trata de la criatura miserable y mezquina en que uno se convierte cuando aparenta normalidad y se gana la confianza de las personas, finge amistad, sinceridad y benevolencia, para luego actuar con aterradora hipocresía, deshonestidad y maldad… Qué lástima que tanta gente es así, y en todos los contextos del mundo.

“Hay que elegir muy bien con quien complicarse la vida”, dice siempre una buena amiga divorciada que anda en busca de pareja.  Cuando contraje matrimonio por segunda vez elegí (sin que nadie me obligara) un hombre que ya tenía tres hijos. Confieso que no es tan fácil aceptar que el soñado ‘príncipe azul’ llegue a nuestras vidas con “pequeños adjuntos”, que por supuesto también nos salpican de responsabilidades y, honestamente, de algún que otro desengaño.

Ser la madrastra no es la mejor de las presentaciones y las historias como estas contribuyen a que seamos percibidas como la ‘más odiosa de las brujas’. Si en algo siempre estuve clara es en que el amor no es hereditario, y esto así de parte y parte. Por mucho amor que se sienta por la pareja si no aprendemos a respetar y aceptar a sus hijos la relación no será satisfactoria. No he dicho amarlos, cada uno será responsable de cultivar este sentimiento.

Blancanieves-Disney

Es sano y sabio entender, que en el proceso de adaptación, sin importar la edad, que papá o mamá este con otra pareja para ningún hijo es dulce, por lo que pretender una aceptación apresurada puede tener graves consecuencias. Amar es también sinónimo de paciencia y de respeto. Entrar en guerra con los hijos por la atención es una es una batalla perdida, además de estúpida. Intentar sustituir la figura de la madre es una equivocación que se suele cometer y que no favorece el buen desarrollo de la relación, porque para ningún hijo su madre tiene sustituto. Las relaciones de pareja, con o sin hijos, requieren voluntad, esfuerzo y un proyecto de vida. Si lo pensamos bien la unión hace la fuerza. Yo estoy esperanzada en no escuchar jamás una historia similar a esta tan dolorosa, y que en lo adelante surjan también las positivas para contribuir a mejorar la imagen de la madrastra.

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