¡Hora de hacer las paces con mamá!

Hace algunos años recibí una valiosa lección que llegó a mi vida disfrazada de una oportunidad para ayudar a una amiga. Ella había sido bendecida por la maternidad y las visitas y muestras de cariño y apoyo inundaron la habitación del centro médico. Un día le comenté que había extrañado a su mamá en todo el proceso, su respuesta, un tanto sacada de un capítulo de telenovela, dejó en evidencia que su relación no estaba en el mejor momento.

Semanas después me confesó que tenía años sin verla, que solo sabía de ella a través de sus hermanos y que no se atrevía a llamarla o visitarla porque no estaba segura de cuál sería su reacción, a pesar de que su distanciamiento era solo consecuencia de un mal entendido entre ellas.

Es verdad que la madre de mi amiga tiene un carácter fuerte, siempre fue una luchadora incansable que sacó adelante a sus cinco hijos literalmente ella sola, después de haberse divorciado. No es fácil ser madre y padre a la vez y enfrentarse día a día a los retos propios de un sistema que da pocas oportunidades a la mujer, sobre todo cuando no cuenta con una preparación profesional que le permita integrase a la vida laboral con un salario digno. Su madre los ‘empujaba’ a trabajar y estudiar, y disfrutaban de fines de semana, porque tenían que ayudar en un negocio de comida que se manejaba desde la casa. La privilegiada memoria de mi amiga, que por cierto parece ser bastante rencorosa, le permitía recordar con detalles todos los malos momentos que, según ella, le hizo pasar su madre en la etapa de la adolescencia.  Dos caracteres fuertes tienden a chocar constantemente.

diadelamadre

Me propuse motivar a mi amiga para que hiciera las paces con su madre, después de todo no hay amor más puro que el de mamá. Claro que nos equivocamos, no se ha inventado un manual para ser la madre perfecta, vamos aprendiendo entre pruebas y errores. La etapa adolescente puede ser conflictiva y lastima los lazos afectivos, pero en realidad los jóvenes necesitan a los padres mucho más de lo que están dispuestos a admitirlo. Lo sé, no porque soy madre, sino porque también fui adolecente. Luego de muchas conversaciones, lágrimas y copas de vino, un domingo emprendimos un viaje a Samaná con la única intención de llegar a su casa materna y saludar. ¡Ya era un gran paso! En el camino mi amiga llamó a una vecina para le notificara a su madre que estábamos de camino. No recibió ninguna respuesta por lo que se llenó de temor.

Al llegar a la humilde vivienda fui testigo de una de las más emotivas escenas jamás vivida. La madre, al escuchar el vehículo, salió de prisa a encontrarla, se abrazaron por largo rato y lloraron sin cesar y sin intercambiar palabras… no era necesario. Meses después mi amiga fue diagnosticada con cáncer y su madre dejó su trabajo y su casa para venir a cuidarla. Estuvo a su lado en cada momento, oraba junto a ella y la atendió como cuando era una niña. La vida pasa veloz y tiene sus propios misterios.

La madre es el primer gran amor en la vida de todos los seres humanos. Un amor que nace de forma natural y al que no renunciamos, aunque ella no esté. Pero las madres también tienen sus propios problemas y aunque el deseo de la mayoría es dar lo mejor a sus hijos, a veces no pueden hacerlo.

Mi amiga piensa que la ayude a superar una etapa, pero quien aprendió fui yo. Su historia me hizo entender la dimensión del amor de una madre y la importancia de cultivar una sana relación. Nunca es tarde para revisar ese vínculo. Para perdonarla y pedirle perdón. Para darle vía libre a ese amor que siempre ha estado ahí y, con ello, limpiar el camino hacia una vida más gratificante. Si tienes un caso similar te invito a que recapacites y tiendas un puente de amor antes de que sea demasiado tarde. Un poco de humildad y un “te quiero, mamá”, podrían ser el mejor regalo este 27 de mayo, ¿no les parece?

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